EDUCAR PARA LA CONVIVENCIA ESCOLAR PACÍFICA:
PRINCIPIOS Y PAUTAS EN TORNO A POR QUÉ, PARA QUÉ Y CÓMO
I. ¿Por qué educar para la convivencia
escolar pacífica?
Toda reflexión, inevitablemente evoca
imágenes que se nos quedan grabadas por siempre. Justo antes de iniciar esta
reflexión en torno a por qué, para qué y cómo educar
para una convivencia escolar pacífica, evoqué tres imágenes televisivas muy
recientes. En la primera, vemos como en un homenaje a militares puertorriqueños
que acaban de retornar de Iraq, les obsequian a sus niños un “kit de guerra”,
como si fuera un divertido juego. En la segunda, un grupo de eufóricos jóvenes
de secundaria ondean banderas partidistas, unos sobre un vehículo de campaña y
otros - a punto de motín - frente a su escuela, ante la posibilidad de que se
cambie el método de calificación.
El clima en estas imágenes - y que se vive a
diario en muchas de nuestras escuelas - es un claro reflejo de la cultura de
violencias y contraviolencias que prevalece en todo el país. Vemos a diario
fenómenos sociales íntimamente relacionados: el trasiego de armas y drogas, la
corrupción, la criminalidad, la marginación socio-económica, el deterioro en la
salud mental, y sobre todo, un clima generalizado de polarización, intolerancia
y hostilidad que se ha exacerbado a lo largo de estos comicios electorales.
su vez, dicho clima refleja el hecho de que
vivimos inmersos en la “crisis de la modernidad” y las manifestaciones
que la definen: el consumismo desmedido; el culto al cuerpo y a la cultura de
la imagen; el agotamiento de los mega discursos ideológicos y de la política
partidista; la convivencia en la diversidad como desafío; el individualismo
exacerbado; el conformismo social; la mercantilización del conocimiento; el
encumbramiento de las nuevas tecnologías como fuente de riqueza y poder; la
mundialización de la cultura; el culto a una cultura de guerra y de muerte; y
una creciente globalización de la violencia.
Ante el dilema sobre qué hacer frente a la
violencia desenfrenada que impera y lacera nuestra fibra social, y siendo el
mal uno de fondo, nuestra respuesta no puede ser represiva y punitiva,
sino preventiva. Más aún, como nuestras escuelas no escapan a esta
violenta realidad, si no que constituyen un microcosmo de dicha crisis, estamos
ante una tarea formativa conjunta. Como bien afirma una cápsula radial del
Sindicato Puertorriqueño de Trabajadores: “Convivir en paz es asunto de
todos” - escuela, universidad, hogar, comunidad, gobierno y sociedad civil.
La tercera imagen televisiva que vino a mi
memoria, nos brinda una opción real para esta tarea compartida. Se trata de un
entusiasta grupo de adolescentes en las favelas en Río de Janeiro,
participando como aprendices de cineastas, en un creativo proyecto
llamado Gente que Brilla. Pocas veces presenciamos este tipo de imagen
en Puerto Rico. Me refiero a estudiantes que sobreviven con éxito la cultura de
drogas y violencia en que viven y conviven, gracias a iniciativas centradas en
sus intereses y en su desarrollo óptimo. A mi juicio, sólo iniciativas de esta
naturaleza podrían propiciar una mejor convivencia y frenar la “deserción
escolar”, ya que no existe tal “deserción”. Se trata más bien de la pérdida de
talentos de innumerables estudiantes que, aún en medio de la adversidad, serían
capaces de “brillar” si le brindáramos un entorno apropiado.
Y como la paz empieza por casa, nuestro punto
de partida obligado en términos de reflexionar acerca del por qué educar en
la convivencia pacífica escolar es precisamente la cultura de la violencia
que siempre ha estado entretejida en muchas de las políticas y prácticas
educativas. No fue hasta los 90's, sin embargo, a raíz de la escalada mundial
de violencia en las escuelas y de las políticas de vigilancia, "cero tolerancia"
y "mano dura" que surgieron, que se inició el estudio de esta
violencia institucionalizada. En lugar de responsabilizar exclusivamente a los
jóvenes por la violencia, surgió desde entonces un rechazo a aquellas prácticas
y políticas educativas que no cuestionan las raíces de la violencia, ni su
inferencia en términos de generar violencia desde las propias estructuras
escolares y sociales.
El origen de esta "violencia
sistémica en la educación" es claro. Proviene de las propias
estructuras de poder y de personas en posiciones de autoridad institucional.
Los criterios centrales que la definen son amplios pero precisos: ¿Gravan
emocional, cultural, espiritual, económica o físicamente al estudiantado?¿Vulneran
la dignidad de la comunidad educativa? ¿Afectan en alguna medida la
docencia y el aprendizaje?
Esta "violencia educativa sistémica"
está siendo cada vez más estudiada, sobre todo desde políticas y prácticas que
se ha comprobado promueven un clima de violencia y discriminación, tales como:
las pedagogías autoritarias; el castigo corporal; los sesgos en el currículo;
las categorizaciones a partir de “etiquetas”; los diagnósticos clínicos
seguidos por “intervenciones” deficitarias; ciertos métodos de evaluación desde
“estándares”’ que no reconocen la diversidad; el alto grado de hacinamiento e
impersonalismo presente en el aula; y la formación de rasgos de personalidad
agresivos y antidemocráticos en contextos de inequidad e intolerancia.
Políticas y prácticas como las mencionadas
son “letales”, ya que constituyen actos de violencia, estigmatización y
exclusión. Como en ellas se encuentra el germen de
muchos de los actos vandálicos, motines, agresiones, balaceras y masacres que
hoy presenciamos en las escuelas del mundo, ciertamente deben ser un punto
prioritario en nuestra agenda compartida.


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